Veladuras, de María Teresa Andruetto

Leer puede asociarse al yoga. Una novela, un relato como agentes de ekagrata (enfoque), un sabija samadhi (meditación enfocada en un "objeto"). Leer abre mundos posibles en viajes internos y nos permite ampliar la capacidad de descubrir lo que queremos nombrar, describir y contar.
Leer hoy es el mantillo para las nuevas semillas, un acto silencioso de resistencia frente a la cultura de lo inmediato, exitista y hueco (tanta información para no saber nada).
En fin, leo y comento, porque me copa y porque una nunca sabe hasta dónde contagie. 





No está rota, y aunque estropeada o nueva, la veladura en las figuras de los ángeles y vírgenes hechas de barro en los alrededores de San Salvador de Jujuy, es una historia con cada color de los cerros.

La de las Rosas, la Luisa, Juan y Gregoria. Rosa está frente a la doctora y le cuenta. Que acaso la misma historia tiene una pátina diferente para ella. Que su padre le heredó los pasos y la herida. Que sus chillidos tienen el relato que podemos pincelar con capas y capas, pero que no borran la primera.

¿Cuál es el color primero? ¿El de los hijos sin padre? ¿El canto de la Quebrada silenciado en la servidumbre?

Suenan las bagualas y se huelen las tortillas al rescoldo. Y Gregoria se va, silenciosa, de la mano con su niño.

Es que Rosa no está rota. Los colores de una misma historia se le metieron en el alma.