Período clásico (s. II-VI)

Laia Villegas y Òscar Pujol; Diccionario del Yoga, historia práctica, filosofía y mantras; Editorial Herder; 2017.

Parte 1. Breve historia del yoga.

Capítulo 4. Período clásico (s. II-VI)

4.1 El yoga de Patañjali

El yoga concebido como disciplina mental empieza a tomar forma en las Upaniṣad y sigue desarrollándose en los siglos posteriores, hasta que en el siglo II d. C. el maestro, yogui y filósofo Patañjali dio forma sistemática a estas enseñanzas en su famoso tratado titulado Yogasūtra ("Aforismos del yoga"). Esa obra, junto con sus comentarios (el principal de los cuales es el Yogabhāsya de Vyāsa), es el fundamento textual de la escuela filosófica (darśana) del yoga, también llamado aṭānga yoga ("yoga de los ocho elementos"). Svāmī Vivekananda llamó yoga clásico y también rāja yoga ("yoga real") al yoga de Patañjali. Un término, el de rāja yoga, que en los textos sánscritos significaba samadhi y no el método para alcanzarlo.

La filosofía de este texto es semejante a la ontología de la escuela sāṃkhya, cuyo texto fundamental es la Samkhyakarika de Isvarakrisna del siglo IV d. C. Según esta cosmovisión, existen dos principios: 1) la naturaleza o materia (prakrti), inconsciente y siempre cambiante, que engloba todos los fenómenos físicos y sutiles, incluida la mente, y 2) el espíritu (puruṣa), que es la consciencia pura, inmutable y luminosa. Cada uno de nosotros es un espíritu asociado a un cuerpo mente material. Sin embargo, nuestra consciencia espiritual se identifica y se confunde con la mente y el cuerpo, olvidándose de sí misma y experimentando toda la agitación mental, emocional y corporal como si realmente le fuera propia.

El yoga de Patañjali busca, por lo tanto, focalizar al máximo la mente dispersa para que la consciencia pueda manifestarse tal como es. Si usamos la metáfora de un espejo, en el estado de ignorancia, la consciencia aparece reflejada en una mente atribulada e impura (como un espejo manchado), mientras que en estado de contemplación (samadhi), es la mente la que se refleja en la consciencia pura (como un espejo liso y pulido). Este estado mental conduce espontáneamente a la liberación (kaivalya) o desidentificación del espíritu respecto de la materia. El rāja yoga propone un método integral -de ahí la denominación "regio, real", en el sentido de completo- para desapegarse de todo lo material, pacificar la mente y alcanzar el discernimiento (viveka) entre la mente y la consciencia.

4.2  La práctica de los ocho elementos: aṣṭāṅga yoga

Lo más característico del yoga clásico no es su filosofía, sino más bien su psicología, es decir, el estudio que realiza la mente (citta) y del modo de apaciguarla (nirodha). Su objetivo es ir logrando gradualmente el autocontrol físico y mental, en consecuencia, la concentración de la mente. Este control mental facilita el discernimiento entre la materia y el espíritu, que en último término, conduce a la liberación.

El rāja yoga elabora un abanico de prácticas morales, ascéticas y místicas en ocho (aṣṭa) etapas sucesivas (aṅga), para lograr el control gradual de la mente y la "cesación" (nirodha) de los "procesos mentales" (citta vr̩tti), que es la contemplación o iluminación en un solo instante de comprensión súbita, sino que antes es necesario purificar la mente para que el samadhi acontece de modo natural y permanente. Según Patañjali, para calmar la mente es necesaria la práctica constante (abhyāsa) y el desapego (vairāgya). Se trata de un proceso doble que acelera la purificación y el perfeccionamiento espiritual. Por un lado, el desapego vacía la mente y debilita su tendencia natural a la extroversión; por el otro, la práctica se asienta en ese vacío mental para fortalecer la concentración, la interiorización y el discernimiento. Ambas son necesarias para alcanzar el estado de calma y lucidez mental. Sin desapego, la práctica es mero ejercicio; sin práctica es difícil que el desapego se afiance y no se vea engullido por las tendencias innatas de una mente extrovertida. Sin embargo, Patañjali habla de un desapego supremo, fruto de una gnosis intelectiva, que equivale al más alto conocimiento.

La práctica (abhyāsa) se articula en ocho pasos (aṣṭa-aṅga), que integran el llamado aṣṭāṅga yoga. El camino gradual de los ocho pasos está pensado para lograr la purificación progresiva de la mente, por un lado, y la unificación de la consciencia, por el otro. Estas ocho etapas recogen y sistematizan distintas prácticas morales, ascéticas y místicas procedentes de la tradición de los renunciantes que se había desarrollado desde las Upaniṣad hasta los tiempos de Patañjali, pasando naturalmente por el jainismo y el budismo.

1. Ética: la disciplina moral (yama)

El fundamento del yoga, como de cualquier espiritualidad auténtica, es una ética univrsal, una integridad moral sin la cual cualquier práctica perdería su valor. En el yoga de Patañjali, este código ético incluye cinco obligaciones morales fundamentales que atañen a la relación del yogui con su entorno:

  • ahimsā: no violencia
  • satya: veracidad
  • asteya: no robar
  • brahmacarya: continencia sexual
  • aparigraha: ausencia de codicia o avaricia
Estas actitudes morales sirven para mantener bajo control nuestra vida instintiva, regulada por el instinto de supervivencia. Estas regulaciones resultan en un excedente de energía, que puede emplearse para la transformación espiritual de la persona. Los yama purifican y preparan la mente para la meditación. Cultivándolos, se combate directamente la fuerza del ego y se aumenta el ego y se aumenta el control de la mente, necesario para la concentración y la lucidez. Con ellos se subyugan los propios apetitos y se armoniza la relación con los demás. Al principio requieren un esfuerzo consciente, pero con el tiempo se convierten en espontáneos.

2. Autocontrol: la disciplina individual (niyama)

El segundo miembro del camino de ocho elementos de Patañjali sirve para mantener bajo control la energía psicofísica que genera la práctica del yoga. Si los cinco yama armonizan la relación del yogui con su entorno, los cinco niyama armonizan su relación con la vida en general y consigo mismo.

  • śauca: pureza, higiene
  • saṃtoṣa: contentamiento
  • tapas: ascetismo, austeridades
  • svādhyāya: estudio de los textos y autoindagación
  • īśvara praṇidhāna: devoción y entrega al Señor
3. La postura (āsana)

La postura lleva el trabajo de purificación y concentración de los otros pasos hacia el nivel del cuerpo. Asana significa literalmente "asiento" y, para Patañjali, se refiere a cualquier postura de meditación en la que el cuerpo puede permanecer inmóvil durante mucho tiempo. Este tipo de postura estable, en la que el cuerpo ya no representa un estorbo, es el requisito previo de la interiorización de la consciencia, ya que el repliegue y la inmovilidad crea un estado de ánimo sereno, que facilita la concentración de la mente.

4. El control de la respiración (prāṇāyāma)

Cuando el yogui ya no está distraído por el entorno ni por el propio cuerpo, empieza a cobrar consciencia de la fuerza vital que circula por su cuerpo (prāṇa): la energía que mantiene el cuerpo en vida y en equilibrio, que dinamiza la mente y que nos vincula a nivel energético con la existencia. Dado que la respiración es la manifestación externa del prāṇa, los ejercicios de prāṇāyāma son el método preliminar y más accesible por el que el yogui empieza a influir en el campo bioenergético de su cuerpo mente. La técnica del prāṇāyāma que se presenta en los Yogasūtra consiste en el control de la respiración en intervalos de inspiración-retención-espiración cada vez más prolongados.

5. La abstracción sensorial (pratyāhāra)

La práctica de los principios éticos, la disciplina, la postura y el control de la respiración conducen al yogui a una mayor interiorización de su consciencia. La retirada de los sentidos culmina este proceso. Puede compararse con el cierre de las puertas de los sentidos o con el repliegue de los miembros de una tortuga en su caparazón. Pero la aventura solo acaba de empezar: el yogui despierta ahora en el interior de s mente. Generalmente, en este estado la mente se vuelve muy activa, porque ya no tiene distracciones sensoriales y empiezan a emerger en la consciencia pensamientos, emociones e imágenes que estaban enterrados e el subconsciente. Para los yoguis el reto no es sucumbir a estos vaivenes (e incluso alucinaciones) de la mente ni al sueño. Esto se consigue mediante la práctica del siguiente paso: la concentración.

6. La concentración (dhāraṇā)

Una vez que la postura y la respiración han calmado la mente y los sentidos se han desvinculado del mundo externo, aumenta automáticamente la capacidad de atención y concentración de la mente. En palabras de Patañjali, la concentración es la focalización de la atención en un punto, que puede ser una parte concreta del cuerpo físico, del cuerpo sutil o bien un objeto externo. A diferencia de la concentración habitual que experimentamos día a día, cuando leemos o escuchamos música, por ejemplo, la concentración yóguica es una experiencia serena y libre de tensión. La mente no está absorta o fuera de sí, sino interiorizada y observando, sin enjuiciar, su objeto de concentración. Se puede concentrar la mente en cualquier objeto, ya sea externo o interno, pues lo importante no es el objeto elegido sino la focalización en sí, es decir, la práctica de mantener la mente orientada en una sola dirección y de volver el foco de atención cada vez que uno se da cuenta que se ha distraído.

7. La meditación (dhyāna)

En la concentración el contacto con el objeto se ve interrumpido por distracciones. Hay un esfuerzo por mantener la atención y se producen varias ideas en torno al objeto. Con la práctica, la concentración cada vez más prolongada y profunda conduce, gradualmente y de forma natural, al estado de meditación. En la meditación, la mente se relaciona con el objeto desde un profundo estado de lucidez y calma, y genera un único flujo mental continuado. El objeto de concentración se ha interiorizado y colma todo el espacio de la consciencia. Aunque se haya perdido la noción del mundo externo, no hay pérdida de lucidez ni somnolencia, sino al contrario, una intensa sensación de estar despierto y en alerta.

8. La contemplación (samādhi)

La meditación deviene contemplación cuando la mente se vacía de sí misma y en su lugar se manifiesta el objeto. Ya no se conoce el objeto por medio de sensaciones, conceptos o imaginaciones, sino por medio de la identificación directa. El samādhi  es el estado de la mente vacía de mente y de la noción del yo, porque se ha producido una completa fusión entre el sujeto y el objeto. Patañjali distingue entre dos tipos principales de samādhi. La contemplación cognitiva (samprajñāta samādhi) y la no cognitiva (asamprajñāta samādhi). En el primer nivel, la mente todavía necesita un soporte para la meditación, un objeto de concentración, un contenido que colme la consciencia, dado que sin su apoyo la mente perdería su estabilidad. En el segundo nivel, el objeto desaparece y sólo brilla el espíritu (puruṣa), que es la consciencia pura, nuestra verdadera identidad. Es difícil volver del segundo tipo de samādhi, pero para quienes han vuelto de él, esta liberación en vida (jīvamukti), tiene un impaco radical en su existencia.

La práctica conjunta de la concentración, la meditación y la contemplación (que Patañjali llama saṃyama) es el ejercicio que permite al yogui ascender por una progresión de estados mentales cada vez más sutiles, que conduce, primero, a la purificación y unificación mental y, finalmente, a trascender la mente y despertar a la consciencia más pura, absoluta y profunda (puruṣa). Este mismo proceso de refinamiento mental se corresponde con el proceso de involución de la materia (prakrti), desde sus niveles manifiestos más burdos hasta su estado primigenio de pura energía creadora.


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